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número.2
abril - mayo 09crónica.del.espectador
Family Freak Show, Frida Cano en Clínica Regina
Lo freaky de lo familiar
Por: Ruy Feben (1)
El piso es traslúcido, de un material plástico que asemeja a los cuadritos de cristal opaco que las casas de las abuelas suelen tener en el baño. El primer piso de la Clínica Regina está a reventar. Hay de todo: banda alternativa (que podría proceder de la Condesa o de una calle del Centro), personas de mediana edad con gafas y sacos sport (que seguramente saben de arte), niños, carreolas, ancianos. De pronto me percato de que este espacio es preciso cuando se trata de presentar una exposición llamada Family Freak Show: en un espacio tan pequeño es fácil sofocarse, el lugar es frágil (el color verde-taquería de las paredes acrecienta la sensación), la experiencia es particular. De la puerta del que alguna vez debió haber sido un consultorio médico, tres personajes piden la atención de la audiencia: Family Freak Show está a punto de ser oficialmente abierta.
Con un nombre como Frida Cano es difícil dedicarse a otra cosa que no sea el arte. Sin embargo, la imagen de la artista no es tan estridente: su sweater bien podría ser de Zara, su peinado podría ser cualquier otro. Sin embargo, en cuanto nos cede el paso hacia su ópera prima como expositora individual, se abre ante nosotros lo que parece ser toda una vida dedicada al arte. Literalmente, la vida de Frida parece estar resumida aquí: la exposición abre con un muro lleno de fotografías familiares de la propia artista. Observo detenidamente las imágenes, entiendo el juego de palabras: toda familia es un freak show en sí mismo. La abuela que sonríe de manera extraña en un jardín, el medio puchero del bebé que queda sentado en una comida familiar a mediados de los ochenta. Miro más de cerca: algunas fotos son demasiado freaky. Incluso para estar en medio de decenas de fotografías familiares. Ese niño tiene la frente demasiado grande. Es evidente que Frida ha retocado algunas fotos, logrando un juego interesante. La manipulación de las fotos es tan sutil, las deficiencias remarcadas en mandíbulas y ojos es tan minúscula, que la fotografía parece atesorar el único momento de uno de esos familiares que suelen quedar en el recuerdo como el tío raro, la abuela con polio. Igual que en los pequeños cambios que el abuelo hace a la misma historia cada vez que la cuenta: al final, la exposición es una ficción perfecta, con la contingencia de que está atada a la realidad con alfileres.
© Frida Cano
Family freak show
En adelante, la exposición es pequeña, pero se disfruta. Es como leer el diario de una quinceañera que escribe demasiado bien para su edad. En dos cuartitos de no más de 15 metros cuadrados cada uno, Frida nos sumerge en su vida, o en LA vida, con todo y omisiones y cegueras. Está la carta del padre, demostrando el orgullo por el arte de su hija. Están los recuerdos de la niñez, los álbumes inconclusos, la obra pegada a la pared que parece pegada en un corcho. Está la historia del familiar legendario que pudo haber sido mejor que Tin Tan, su tragedia entregada al alcohol y a las mujeres. Está la foto del instituto al que iba su madre o su tía o su abuela, con la historia de cada compañera que aparece en la foto grupal (una se hizo millonaria, otra vive con un gato, otra se mató, una más se fue a Hollywood). Están las fotos imprecisas que hay que mirar de cerca aunque sea imposible descubrir de qué se trata la imagen. Está la precisa imprecisión de una vida (de cualquier vida), que, en el sentido más poético que puede dársele a una foto, resume todo el paso de la humanidad sólo para llegar a este instante.
Termino la exposición con un sentimiento de desasosiego: por cada foto presentada en el cuartito de la Clínica Regina, debe haber miles olvidadas, perdidas, quemadas. Otros freak shows que, con suerte, Frida Cano presentará en otra oportunidad en el futuro.
Imagen cortesía de la artista
(1) Ruy Feben nació dos veces. La primera el 2 de julio de 1982; la segunda, una noche de 1999. Después de coquetear con la actuaría y la ingeniería y la administración de empresas, finalmente estudió Comunicación en la UIA, para después darse cuenta de que lo suyo, lo suyo, es la literatura y la música. Desde 2002 se dedica a escribir compulsivamente para diversos medios de comunicación. Actualmente lo hace en la revista Chilango. Tiene un ejercicio literario novelado (que a él le gusta ver como, ejem, una novela, llanamente), llamado "El Chanfle de Fanfurrias", online. Hoy trabaja en su primera novela en serio, así como en un proyecto de minificciones.
